Mexicana huye de “sicario”, su expareja; pide ayuda y… ¡EEUU la regresa!

Nora Isabel Pérez relata el infierno que vivió con "El Comandante Lucas"

Nora Isabel Pérez.

Nora Isabel Pérez. Crédito: Cortesía | Cortesía

MÉXICO – Cuando Nora Isabel Pérez se dio cuenta, estaba enamorada de un golpeador; vivía con presión de éste para que ella dejara su trabajo o para que no hablara con otros varones e incluso la encerró con llave porque en la ley del Comandante Lucas, presunto miembro del cártel del Noroeste en Piedras Negras, la mujer es propiedad privada.

— Me quitó el teléfono y no podía salir de la habitación donde puso llave— recuerda Norma en entrevista con este diario desde un refugio anónimo donde hoy se encuentra huyendo de un verdugo a quién amó.

O para ser más precisos, de un desconocido. Porque cuando empezó a salir con él, cuenta Norma Isabel, era otra persona más parecido al niño que conoció en la infancia: respetuoso y simpático. Lo demostró durante meses. Se afanaba en su trabajo como técnico en refrigeración, yendo de aquí para allá, para reparar aires acondicionados, sudando la gota gorda en el día a día.

El comandante le contaba por esos tiempos que, de joven, había sido un alcohólico, pero nunca había consumido drogas en sus 43 años; que sí había andado en malos pasos, sin dar detalle de los malos pasos, años de vida loca que no pensaba repetir porque eso era cuestión del pasado gracias a que había encontrado el amor de ella.

Y Norma Isabel le creyó porque estaba sola y le daba besos y la hacía sentirse querida, protegida, acompañada aunque el embeleso del romance inicial es la historia de millones de mujeres maltratadas en el mundo: tres de cada 10, según datos de la Organización de las Naciones Unidas; el mismo cuento de 10 mujeres víctimas de feminicidios diarios en México.

Nora Isabel, de 47 años, sospechaba de algún modo del carácter violento de su pareja. La mala espina se le clavó apenas se fue a vivir con él y creció a lo largo de los dos años que vivieron juntos.

De los sutiles reproches del estilo “no mires al vecino”, el comandante pasó a las acusaciones infundadas como “ya te echaste” a fulano; del “no vistas provocativamente” al “no vayas a trabajar”; no uses el teléfono, no salgas…

—No es que yo quisiera aguantar todo ese machismo, pero él comenzó a darme más información de su vida y me dio mucho miedo”, detalla Norma.

Al principio, la información era básica, fanfarronadas, bravuconadas que a ratos parecían mentiras tales como “si me hacen una prueba antidoping yo la libro por mis contactos, les invito una pizza o hablo con el jefe”.

El jefe en Piedras Negras no significa cualquier cosa. El fronterizo estado de Coahuila es una plaza que se salpica de la violencia derivada de la guerra entre dos cárteles, el del Golfo y el Noroeste, que incluye bloqueos persecuciones, balaceras, incendio de negocios, de carros y camionetas;  bloqueos de calles y carreteras. Todo al calor de la impunidad.

Particularmente esa falta de Estado de Derecho se ensaña con las mujeres de la región. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH), desde el  2016 la región Noroeste es una de las que tiene más altos porcentajes de violencia contra las mujeres por parte de su pareja a lo largo de su relación.

En esos estados, la violencia es mayoritariamente sicológica o emocional, pero tiene picos preocupantes de ataque físicos en Durango con 54%; Chihuahua, 47% , Zacatecas, 42%, y Nuevo León, 37%, Coahuila se ubicaba en el quinto lugar con 35%.

“El control de plazas y la violencia que los sicarios deben ejercer para ello requiere gente violenta y se crea una cultura de la violencia”, reconoce el estudio.

El comandante estaba envalentonado. Después de varios meses de estar en casa por el arribo de un nuevo campamento de la Guardia Nacional a Piedras Negras, los criminales habían vuelto a las andadas, a matar gente, a cruzar migrantes a la frontera de manera forzada para cobrar derecho de piso, a vender droga y a tensar las relaciones en casa.

Norma Isabel pasó de ser agredida con palabras a recibir sendas tundas en cuestión de meses. Por eso en dos años acumuló tres denuncias por violencia doméstica presentadas ante las autoridades; en la última ocasión, casi la mata.

Le rompió la quijada y le cortó el cuello. Tuvieron que coserlo con 20 puntos. Sólo entonces Norma Isabel tomó fuerzas y cruzó la frontera a paso lento, con un collarín.

Ni allá ni aquí

En Estados Unidos, Norma Isabel tiene cinco hijos de 16, 18, 23, 27 y 31. Viven entre San Antonio y Houston. Son ciudadanos estadounidenses y pensó que le ayudarían, pero no. Se asustaron, le mandaron a gente del consulado mexicano y ella no quiso pedir ayuda. Es desconfiada del gobierno mexicano.

—Yo quería solicitar la visa humanitaria, pero el oficial de ICE dijo que no porque los mexicanos no califican para solicitar documentos en EEUU por violencia doméstica fuera de su territorio y que, en dado caso, sería mejor que buscara ayuda por asilo político.

¿Asilo político? Sí, por el tema de inseguridad, de falta de Estado de Derecho. Así lo hizo. Aplicó una entrevista de miedo creíble y le pidieron que esperara un año. Norma Isabel se fue a esperar a la casa de uno de sus muchachos que vive en Texas, tomó clases de inglés y esperó… en vano porque finalmente la rechazaron. Y la enviaron a enfrentar a la pesadilla mayor: a su ex.

El comandante se enteró que estaba de regreso en México y fue a buscarla cuando ella ratificó la demanda en Piedras Negras. La esperó afuera de los juzgados y la abordó para pedirle que retirara las denuncias y que cada quien siguiera con su vida en paz. ¿Vas a casa de tu papá?, le preguntó. ¿Te doy un aventón?

Ella aceptó como una señal de buena voluntad y él la llevó a fuerza a su casa y la encerró con llave en una habitación. Por las noches regresaba para contarle de los tiempos cuando él era bueno, un chico sensible que se transformó por la traición de mujeres de mal corazón y por unos padres que no supieron guiarlos y a quienes, de vez en cuando, también les soltaba golpizas.

En una de esas tardes de encierro, los padres del comandante ayudaron a escapar a Norma Isabel haciéndose de la vista gorda. Ella corrió. Ya no para EE.UU., de allá la habían echado, sino para el sur, para el rincón más lejano donde se sintió protegida. Entonces comenzó otra etapa más dura, con la burocracia más arrogante y complicada que nunca por la pandemia.

No encontró un refugio para mujeres violentadas que la acogiera.  Ni siquiera aquellos patrocindos por la Comisión Nacional de Atención a Víctimas (Conavim) donde, se supone, que tienen que recibir a cualquier mujer que se acerque, “Regrésese a Coahuila, el presupuesto de aquí es para las mujeres violentadas aquí”, dijeron. Y le cerraron las puertas.

Hace dos años que Conavim se queja de reducción de presupuesto federal y el próximo año no pinta mejor, según un documento que difundió en junio pasado: para 2021 prevé otro recorte en los servicios.

“Ni siquiera he recibido ayuda sicológica”, lamenta Norma, lejos de casa.

Ella siente que necesita saldar heridas, perder el miedo a aquel hombre que por  las noches soñaba con torturas y se despertaba inquieto recordando quién sabe qué cosa y que posiblemente ahora la siga buscando en un afán de venganza.

Cifras

De los 46.5 millones de mujeres de 15 años y más que hay en el país, 66.1% (30.7 millones) ha enfrentado violencia de cualquier tipo y de cualquier agresor, alguna vez en su vida.

El 43.9% ha enfrentado agresiones del esposo o pareja actual o la última a lo largo de su relación y está más acentuado entre las mujeres que se casaron o unieron antes de los 18 años (48.0%), que entre quienes lo hicieron a los 25 o más años (37.7%).

En 2018 se registraron 3 752 defunciones por homicidio de mujeres, el más alto registrado en los últimos 29 años (1990-2018), lo que en promedio significa que fallecieron 10 mujeres diariamente por agresiones intencionales.

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