Crónica personal de una víctima de abuso
El testimonio de una víctima de abuso puede ayudar a que personas que padecen el mismo problema cobren fuerzas, denuncien y rehagan su vida
“Así es como muero”, recuerdo haber pensado en esos momentos en los cuales mi pareja me tenía por el cuello en contra de la pared mientras yo lentamente sentía como perdía el conocimiento. En ese instante, la imagen de mis dos pequeños hijos apareció en mi mente; sus dulces rostros me imploraban que no me diera por vencida. Inexplicablemente, adquirí una fuerza increíble como una repentina inyección de poder que potentemente viajaba desde mis entrañas hacia la columna vertebral y por todas mis venas. Determinada a luchar por mi vida, le di un gran inesperado puntapié en los genitales (al sujeto) que lo llevó al borde del colapso cayendo sobre sus rodillas. Aterricé en la planta de mis pies descalzos y aproveché esos breves momentos para patearlo en la cara tan fuerte como mis piernas debiluchas me lo permitían. Increíblemente, lo derribé al suelo ganando apenas unos segundos para salir huyendo.
Corrí fuera del apartamento hacia el ascensor pulsando el botón histéricamente intentando apresurar a que este abriera sus puertas. Desde el pasillo, yo podía ver a mi pareja arrastrándose en el piso tratando de levantarse sin quitarme esa intensa mirada con esos ojos diabólicos que su cabello negro y crespo cubrían. Yo estaba aterrorizada. Las puertas del elevador finalmente se abrieron y rápidamente subí al ascensor compulsivamente presionando el botón para cerrar las puertas tratando de evitar que el tipo me alcanzara. Pero a sólo a unas pulgadas de que las puertas se cerraran en su totalidad, él logró atrancarlas con sus manos ensangrentadas (de los golpes que me había plasmado en la cara) forzando a que estas se reabrieran. Pensé que esos serian los últimos momentos de mi vida; lo podía leer en su rostro. Entonces se dirigió hacia mí, golpeándome a puño cerrado por de bajo mis costillas repetidamente, hasta que descendimos al vestíbulo donde dos guardias de seguridad ya nos esperaban (habían detectado la pelea por de las cámaras que estaban colocadas dentro del elevador). Apenas el ascensor abrió sus puertas, yo corrí lejos de él mientras el cobarde trataba de convencer a los guardias de que él era la “victima” y yo la agresora.
Corrí a un estacionamiento bajo techo y me escondí detrás de unos carros. Yo estaba llorando histéricamente apenas sintiendo el dolor de mis heridas cuando un vecino corrió a mi rescate. Le pedí que llamara al 911 y le supliqué que se quedara conmigo. Él hizo todo por calmarme y hacerme sentir segura y a salvo. Apenas recuperé control sobre mi cuerpo tembloroso y adolorido, le pedí al buen samaritano que me llevara a la oficina de seguridad para encontrar ahí a las autoridades y hacer mi denuncia. Me sentía derrotada pero sabía que ese era el momento de la verdad. Tenía que romper este ciclo perpetuo de abuso de una vez por todas.
Semanas antes de ese incidente, yo sabía que mi vida ya estaba en juego y debía tomar medidas drásticas para salir con bien de esa situación. Sin embargo, no sabía cómo proceder; estaba sola y desamparada. No me atrevía a compartir lo que (por meses) me había estado sucediendo. Él había destruido mi célula de apoyo dejándome frágil, asolada, con mis alas rotas y el espíritu quebrantado viviendo ese martirio en silencio. ¿Cómo es que caí en manos de un abusador? Analicé el historial de nuestra relación, quería entender como, cuando y donde había caído yo tan bajo.
Al principio de la relación él nunca era así, todo lo contrario. Era tierno, amable, divertido, me hacia reír constantemente y me protegía; compartíamos una conexión inigualable e indescriptible. Pero cuando el demonio que se reflejaba en su mirada lo poseía, el mundo se volteaba y mi estómago se estremecía. No sabía qué tipo de consecuencia me esperaba. Yo vivía bajo constante amenaza; el miedo me paralizaba y la ansiedad me carcomía ya que sentía que a todo tiempo caminaba yo sobre una capa muy delgada de hielo que en cualquier momento se rompería.
A pesar de que esos incidentes no sucedían tan a menudo, sus arranques de celos eran impredecibles. Y aunque yo tratara de explicarle que no tenía ojos más que para él, mis intentos eran en vano; no me salvaba de un buen castigo. Después, él lloraba, se arrepentía, prometía que no sucedería más e imploraba mi perdón. Me tenía atrapada en la palma de su mano, de otra manera, con el puño bajo mi cuello.
“¿Pero por qué no lo dejaste antes?”, me pregunta la gente a menudo. Temor, principalmente, pero hay otros factores envueltos, que en ese entonces no eran obvios; mi codependencia, la esperanza de que el cambiara (basada en sus promesas) y mi intención de salvarlo me mantuvo en sus garras por largo tiempo.
Ese incidente del elevador fue el último de todos; le di fin a esa temporada tan obscura de mi vida. No estaba dispuesta a seguir viviendo ese martirio así que lo eché fuera de mi vida de una vez por todas. Y aunque el dolor emocional que yo sentía (el cual era aun más grande que el dolor que sentía mi cuerpo), el estar viva por mis hijos era aun más importante. Decidí denunciarlo y solicité una orden de protección. Por fin también acudí a mi familia para pedirles ayuda, la cual me brindo su apoyo incondicional. Era tiempo de recuperarme a mi misma y comenzar una vida nueva. Elegí dejar el abuso atrás.
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Busca ayuda
¡El abuso es un crimen y como tal tiene que ser denunciado. Si tú o alguien que conoces es víctima de abuso, ponte en contacto con una línea de apoyo de una manera discreta y segura. La línea nacional de ayuda (National Domestic Violence Hotline) en EEUU es: 1-800-799-7223 o contacta a la línea de ayuda para violencia domestica de Illinois al 1-877-863-6338. No hay costo alguno por los servicios a víctimas de violencia doméstica. La ayuda es completamente confidencial.