Este argentino con discapacidad fue hasta el Himalaya por una hazaña y encontró su aceptación propia

Juan Ignacio Maggi, una víctima de la polio que no se dejó arrollar por la vida, ahora se dedica a enviar un mensaje de inspiración

En julio de 2015, Juan Ignacio Maggi (Córdoba, Argentina, 1964) recorría la cordillera del Himalaya a bordo de su bicicleta de mano. El hombre que se convirtió en atleta de alto rendimiento a pesar de sufrir desde temprana edad las terribles consecuencias de la poliomielitis, buscaba alcanzar el punto más elevado del planeta por el que ha sido conducido un vehículo.

Entonces una pregunta empezó a plagarlo durante sus extenuantes jornadas de hasta 11 horas pedaleando en el frío y la inmensidad de las montañas de la frontera India-China: ¿Qué hago acá?

“La respuesta vino un poco más tarde y era que estaba ahí pedaleando para después tener la posibilidad de que te abran las puertas y poder venir y contar esto”, dice Maggi en entrevista. “Yo he tenido muchísimos Himalayas en mi vida. Lo que ha tenido este en particular es que he tenido el reconocimiento de la gente”.

Ese reconocimiento le ha ayudado a Maggi, hoy de 53 años de edad, a encontrar paz.

“Me ha permitido aceptarme plenamente, que creo que es la clave. Todos en algún punto tenemos que aceptarnos y esto del Himalaya creo que me puso en el lugar donde yo quería, sin buscarlo, porque la verdad es que yo fui a buscar un logro deportivo”, explica este cazador de aventuras que no se detiene por la falta de movilidad de sus piernas desde que tenía un año de edad.

Maggi ha corrido maratones, esquiado en Juegos Paralímpicos de Invierno representando a su país, practicado otros deportes, experimentado en el esquí acuático y también se ha lanzado en paracaídas. Y más allá de su satisfacción propia de vivir su vida como ha querido, le ha interesado inspirar a otros y generar conciencia.

“Me caí 1,500 veces en mi vida, pero lo importante no fueron las 1,500 veces que me caí, sino las 1,500 veces que me levanté y que me volví a reinventar. Y creo que es el punto: no importa cuántas veces nos caemos, sino cómo enfrentamos la levantada”, asegura.

Por supuesto, no ha sido fácil para él y su familia. Juan Ignacio admite que siendo adolescente hubo tiempos oscuros en los que se encerraba en un cuarto y se preguntaba por qué a él. Conforme pasó el tiempo, él se hizo a la idea de llevarse a la vida por delante para que la vida no se lo llevara por delante a él.

Un infarto y Nueva York

La vida le estaba dando una paliza a Juan Ignacio Maggi cuando estaba en sus 30’s. Un infarto casi lo mata. Su versión de los hechos no podría ser más constructiva.

Hice todo lo posible para infartarme. Estaba 12 horas detrás de un escritorio, comiendo comida chatarra”, recuerda este hijo de un empresario de la construcción y un ama de casa tradicional. “El infarto lo que hizo fue recordarme que tenía un cuerpo y que tenía que trabajar por ese cuerpo porque si no me iba a morir. Literalmente. Yo digo que el infarto me salvó la vida”.

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El padre de cinco hijos se lo tomó en serio. Dice que ése fue el momento en que decidió convertirse en atleta y empezó a entrenar. Su primera prueba de fuego no fue cosa menor: correr el maratón de Nueva York a los 37 años de edad.

“Después del infarto haber corrido mi primer maratón de Nueva York, por ahí fue mucho más importante que llegar al Himalaya”, valora Maggi. “Porque para llegar al Himalaya estaba preparado físicamente, tenía encima de mí 15 años de entrenamiento de alto rendimiento. Pero tenía que correr la primer maratón a los 37 años después del infarto, con una discapacidad”.

Esa experiencia en Nueva York lo marcó: “Esa sensación de estar corriendo por primera vez delante de 40,000 ó 50,000 personas, y creo que son 200,000 espectadores, ¿cómo olvidar eso? Verla a mi madre, que estaba en una de las curvas pasando los puentes… Se me pone la piel de gallina de sólo pensar eso. Ese día que crucé la meta en Central Park, creo que ahí dejé atrás un cuerpo que me había tenido preso a un cuerpo que me estaba dando toda la libertad”.

Otra visión de la discapacidad

El cúmulo de experiencias como atleta con una discapacidad física le ha permitido a Juan Ignacio entender de mejor forma la importancia de la inclusión en la sociedad, y él se atreve a compartir una idea muy audaz, resonante y también utópica: que haya sólo unos Juegos Olímpicos, sin separar los Paralímpicos.

“Yo mezclaría más el deporte convencional con el adaptado”, dice Maggi, a quien se le ocurre que podría desarrollarse algún sistema de “hándicaps” para que las competencias entre personas con y sin discapacidades fuera equiparables.

“Lo que soy consciente es que hoy somos parte de la agenda y que estamos mezclados en la sociedad”, dice sobre el progreso social para los atletas especiales. “Creo que tenemos que tomar un papel más importante nosotros y también enseñarle a la sociedad cómo tratarnos. Por ahí la discapacidad está pensada desde personas sin discapacidad hacia personas con discapacidad, y debe ser un ida y vuelta”.

Juan Ignacio Maggi está haciendo su parte, desde su trinchera, para ayudar a educar a la sociedad sobre la aceptación y la inclusión.

En aquel julio de 2015 llegó a su meta en el Himalaya luego de andar 420 kilómetros en 11 etapas. Alcanzó el punto más alto del planeta por el que ha sido conducido un vehículo al pasar por Khatdung La, al norte de la India, situado a 5,460 metros sobre el nivel del mar.

La historia de ese logro se cuenta en el documental “Challenge Himalaya” (2016).

“Yo creo que lo importante es tener un objetivo en la vida, ir tras ese objetivo”, dice Maggi. “Lo difícil se hace, y lo imposible te demanda un poquito más de trabajo, demora un poquito más de tiempo, pero igual se hace”.

Los Andes en su mira

Luego de haber conquistado la meta de mayor altura para un hombre de su condición con su exitoso recorrido por el Himalaya en 2015, Juan Ignacio Maggi ha escogido un nuevo desafío. Él lo define como una combinación de equitación y aventura.

“Lo que voy a hacer ahora es el cruce de la cordillera de los Andes, que es desde Mendoza (Argentina) a San Fernando (Chile)”, dice Maggi, quien se ha fascinado con la idea. “Busco sensaciones. No sabía andar a caballo y hoy poder estar hablando que voy a intentar cruzar la cordillera me parece que es más de lo que yo busco”.