Conversatorio, españoles y mexicanos. El encuentro continúa

Santiago Pozo es fundador de Arenas Group, escritor, productor y director de cine
Conversatorio, españoles y mexicanos. El encuentro continúa
Los latinos deben unirse, no discriminarse entre sí.
Foto: Aurelia Ventura / Impremedia/La Opinión

Hace unos meses tomé un Uber para ir a una reunión en Hollywood, una más de tantas para ese último proyecto que nunca se convierte en esa película soñada. Supongo que fue mi acento, mi elegancia, o tal vez mi cuerpo serrano lo que movió al conductor, un hombre hispano/latino, a preguntarme de dónde era. Le dije que había nacido en España, que me había hecho en los Estados Unidos, y que mi alma se siente cada vez más mexicana. “Ahhh de España” contestó él, como un fiscal que acaba de arrancar la confesión del acusado, “ojalá nos hubieran conquistado los ingleses, nos hubiera ido mucho mejor, pues los españoles solo venían a por el oro y fueron unos genocidas y corruptos”.

Como llevo en los Estados Unidos más de 35 años, aquel no era mi primer rodeo. Bastante tengo ya con toda la vergüenza y culpabilidad que arrastro personalmente, como para encima cargar con todos los complejos y culpas ancestrales que pesan sobre mi cultura.

Le pregunté al chófer, que se llamaba Pérez de apellido, si él sabía que el amor propio hace maravillas en el metabolismo y que si tenía sangre española e indígena. Me dijo que sobre el metabolismo no sabía, pero que sí, que tenía las dos sangres, y después de contarme sobre sus tatarabuelitos, añadió: “como la mayor parte de Latinoamérica, somos mestizos”. “Ah pillín”, pensé para mí, “entonces, eres conquistador y conquistado”. Le dije que tenía suerte de que aquellos que habían ido a colonizarle hubieran sido españoles y no ingleses, pues de haber sido los segundos, probablemente él nunca habría llegado a existir, que es mucho peor que tener un metabolismo lento. Los ingleses, generalmente, no se mezclan. Históricamente no lo hicieron ni en América, ni en India, ni en África, ni en Australia, ni en Nueva Zelanda, ni en Canadá, ni allá donde plantaron su bandera.

“Tu estás aquí, gracias a que no te colonizaron los anglos, mi primo”, le dije. Y continué: “en nuestra cultura nos mezclamos, no así en la cultura protestante anglosajona. Si por suerte tu familia no hubiera sido exterminada, tú habrías nacido en un campo de concentración, llamado muy finamente “Reservation”, porque los anglos, malabaristas de la hipocresía, saben cómo endulzar los nombres”. Al sur del Río Bravo, el 88% de la población de México es mestiza; Al norte del Río Bravo, sólo el 1,7% de la población estadounidense tiene ancestros indígenas.
El chofer no me contestó, y yo a lo mío, continué.

“La vergüenza, esa permanente epidemia en nuestra cultura y nuestra gente, la debemos poner a criar malvas. Nuestra cultura no es menos que la de ellos, mi primo, y ella, tú y yo no somos un error del que avergonzarse. Para remediar nuestra falta de poder como comunidad debemos miramos dentro de nosotros mismos, encontrar nuestros complejos provenientes de las mentiras que se han hecho vox populi y arrancarlas de raíz”.

“Nuestra debilidad viene de nuestra propia ignorancia sobre nuestro pasado y nuestra rica herencia. Hemos aprendido quiénes somos por lo que nos han contado (e impuesto) los anglosajones”.

Llegamos a mi destino y el Sr. Pérez, que seguramente no esperaba recibir semejante perorata tan de mañana, simplemente me dijo: “Tú y yo no somos primos, somos hermanos. Dame un buen rating, bro.”

Me sonreí. No podía ser de otro modo. Y me hubiera gustado contarle más.

Contarle que la “Historia Oficial” ha clasificado nuestra sangre como genocida, caníbal, inquisitorial, ladrona, vaga, inferior y, recientemente, como “bad hombres” y otros agradables piropos y lindezas. Nosotros provenimos de los salvajes que hacen sacrificios humanos y de los conquistadores sedientos de oro. Ellos, los descendientes de los anglos en este país, por el contrario, descienden de los santos “Peregrinos” que nunca rompieron un plato y vinieron en paz buscando una vida mejor lejos de la tiranía inglesa. Por eso se celebra Thanksgiving pero se decapitan las estatuas de Colón o de Junípero Serra e incluso de Cervantes, y se borra todo aquello que recuerde el paso y la presencia de la cultura hispana, de nuestra cultura, por los Estados Unidos.

Y en el presente, ciento treinta ciudades en nuestro país han borrado el día que celebraba a Colón, y lo han cambiado por “The Celebration of the Indigenous People”. Como si nuestra comunidad, en su gran mayoría mestiza, pudiese separar la sangre española y la indígena. Y lo mas triste es que esto pasa con ayuda de nuestros propios políticos, como Hilda Solís (LA Angeles County Board of Supervisors). Parece que, a falta de una lobotomía milagrosa que estirpe la mala semilla, lo único que nos queda es avergonzarnos y negar una u otra parte de nosotros para intentar equipararnos con los anglosajones que, ya sabemos que son superiores y mucho más chingones. Cuando en realidad es lo contrario, el Imperio

Thanksgiving celebra la llegada de los buenos y pacíficos peregrinos a Massachusetts. Hay mucho orgullo en las familias que descienden del Mayflower, pero sin embargo hay vergüenza de quien desciende de conquistadores e indígenas. Los conquistadores son los asesinos que conquistan a otros asesinos, los Aztecas. Los anglosajones nunca han conquistado nada, ellos son dulces emigrantes buscando un nuevo hogar y su expansión, así como la desaparición de los indígenas en los territorios que ocuparon, fue un accidente, y la mezcla de sangres fue a la Elizabeth Warren.

La verdad es que aquellos pacíficos asentadores eran mucho más crueles, sanguinarios y racistas que los conquistadores españoles o los guerreros del Imperio Azteca. La llegada de los peregrinos a América marca el inicio de un verdadero genocidio programado desde lo más alto del poder para exterminar a todos los indígenas. Lo describió de forma muy clara Philip Henry Sheridan, General en Jefe en el Ejército de Estados Unidos (1850): “The only good Indian is the dead Indian”. En Massachusetts, donde recaló el Mayflower, como dice con gracia y solera la deliciosa historiadora, María Elvira Roca, “el único indio que sobrevivió es el que está en el escudo del Estado”.

Y así es. Estos pacíficos y dulces peregrinos pronto se convirtieron en expertos cazadores de cabelleras humanas y recolectores de otras partes del cuerpo humano (brazos, piernas, etc.) que el gobierno de Estados Unidos pagaba generosamente, convirtiendo la caza de indígenas en un lucrativo negocio. La Señora Roca, en uno de sus artículos, retó a que alguien encuentre una práctica tan monstruosa como ésta en cualquiera de los territorios que formaban parte del Imperio Español. Nadie ha dicho ni mu.

Desde que California pasa a ser parte de Estados Unidos en 1848, y hasta 1873, la población indígena descendió de 150,000 individuos a 30,000. En 25 años 120,000 indígenas desaparecieron por arte de magia. Para más detalles, les animo a que lean “An American Genocide.-The United States and the California Indian Catastrophe” de Benjamin Madley. En su libro, este profesor de UCLA explica cómo la población indígena de este estado fue diezmada por orden de los gobiernos estatal y federal. Leland Stanford, fundador de la universidad que lleva su nombre, y gobernador de California, fue uno de los que puso en marcha una de tantas cacerías de indios. Sin embargo, se retiran los nombres de San Junípero Serra, que nunca mató a nadie, de calles y edificios pero a Stanford, el gobernador californiano, le seguimos dejando su nombre en la Universidad.

Las trece colonias, que son el germen de este país, se independizaron de Inglaterra, pero continuaron honrando la llegada de los ingleses. Concibieron un aparato ideológico a medida para hacerles padres de esta nación, ignorando que nosotros, indígenas y españoles, y sobre todo los mestizos, la gran mayoría, estábamos aquí mucho antes que ellos, exportamos nuestra agricultura y civilización, y nuestra sangre mestiza fundó siete de las veinte mayores ciudades de Estados Unidos: Los Ángeles, San Antonio, San Diego, San José, San Francisco, El Paso y Memphis. Nos hemos negado la celebración de quienes somos nosotros mismos, la contribución que hemos hecho (y seguimos haciendo) a este país de los Estados Unidos de América, y nuestro importantísimo papel en la construcción del Southwest.

Permitimos que nos dividan y nosotros mismos nos dividimos, incapacitándonos todavía más. No queremos saber nada de los conquistadores, independientemente de que seamos nosotros mismos, pues los conquistadores nunca regresaron a España, se quedaron aquí en América, se mezclaron y tuvieron familias, construyeron universidades, hospitales, caminos, acueductos, puentes, misiones. Se fusionaron dos bellas y ricas y variadas culturas y dos sangres maravillosas. Fundamos 27 Universidades antes de que en 1636 Harvard, la más antigua anglosajona, fuera fundada, para educar a anglosajones. 100 años antes, en 1536, en la Ciudad de México el Imperio había fundado el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, dedicado a la preparación universitaria de indígenas.

“Se fundaron en América ‒escribe María Elvira Roca‒ más de veinte centros de educación superior. Hasta la independencia salieron de ellos aproximadamente 150,000 licenciados de todos los colores, castas y mezclas. Ni portugueses ni holandeses abrieron una sola universidad en sus imperios. Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial. (…) En Real Cédula de 1580, Felipe II ordenó la creación de cátedras de lenguas indígenas para fomentar su estudio y conocimiento.”

En lugar de buscar lo que nos une, nos fijamos en lo que nos separa. Decimos que un cubano no tiene nada que ver con una mexicana, que ésta tampoco con una puertorriqueña, y ella, a su vez, tampoco nada con un nuyorican, un colombiano, una española, o un tex-mex. Mexicanos, hispanos, chicanos, mexicanos americanos… nada nos define y todo lo que nos llamen nos duele, porque, en el fondo, nos duele el alma. Mientras tanto, australianos, ingleses, escoceses, neoyorquinos, bostonianos, neozelandeses, etc, unidos aumentan su poder y su narrativa de superioridad.

Es evidente que la larga presencia de hispanos/latinos en los Estados Unidos causa preocupación, e incluso angustia, entre una gran parte de la comunidad anglosajona. Detrás de ese sentimiento se encuentra el “Make America Great Again”, “Build the Wall”, etc. Samuel P. Huntington, en su libro del 2004 “Who Are We?: The Challenges to America’s National Identity”, llega a afirmar que el mayor peligro que padece hoy los Estados Unidos es su hispanización.

Todos y cada uno de nosotros, los hispanos/latinos de Estados Unidos, hemos sufrido y sufrimos racismo y xenofobia; desde la silenciosa discriminación hasta los techos de cristal que nos imponen y, salvo en contadas ocasiones, no nos permiten alcanzar nuestro potencial. No tenemos ni el poder ni los mecanismos de defensa que tienen otras comunidades. ¿Se imaginan ustedes lo que hubiera pasado si la masacre de El Paso le hubiera ocurrido a la comunidad afroamericana?

Esta falta de poder, que empieza con nosotros mismos, es mala para nuestra comunidad, fatal para nuestro metabolismo, y es peor para Estados Unidos, porque el futuro de esta gran nación o es hispano/latino o no es. En el 2025, 1 de cada 5 estadounidenses será hispano, y alcanzaremos una población de 70 millones.

El amor propio de nuestra comunidad y su fortaleza son claves para Estados como California, Texas, Florida, New York, Illinois, Arizona, New Jersey, Colorado, New México y Georgia. Si nuestra comunidad sigue anclada en las mentiras que nos han contado, y nos hemos creído, el futuro no será deprimente, será patético, porque el futuro somos nosotros y nuestra sangre mestiza de la que debemos estar orgullosos.

Hispanic/Latino history matters.

Santiago Pozo
Los Ángeles, Julio, 2020

Este artículo lo escribí a petición de la Embajadora Marcela Celorio, Cónsul General de México en Los Angeles, a la que agradezco su iniciativa de crear una serie de conversatorios “De víctimas a protagonistas” que tanta falta hacen en nuestra comunidad.