El verano de nuestro descontento con Donald Trump

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En este pasado verano de nuestro descontento, de repente un neopolítico llamado Donald Trump vino a ponernos inquietos. Justo ya cuando casi teníamos a John McCain de nuestro lado y John Boehner estaba ya más calmado que nunca y Joe Arpaio, la pesadilla que más nos ha atormentado, estaba ya casi rebasada, de pronto salió este millonario amenazándonos con querer deportarnos a todos.

Ahora estamos cada dia en desosiego esperando escuchar con que más nos amenaza el eco de la voz de Trump y su afán de querer deportar a 11 millones de indocumentados, sellar la frontera con una valla pagada por México y, además, algo que ya casi estaba olvidado por la dificultad de lograr esta tarea, quitarle la ciudadanía a los hijos de los indocumentados.

En los cafés, los restaurantes y sitios de trabajo de esta ciudad lo único que comentamos es sobre los ataques de Trump a todos los inmigrantes, con especial atención exprés a los mexicanos.

“Estamos enfrentando una muy seria amenaza,” dijo Carlos Pérez, un líder comunitario durante una reunión en la Biblioteca Lozano donde líderes hispanos la semana pasada discutieron sobre Trump y sus  comentarios que nos  hieren como alambres de púas en la piel.

Trump, un miembro de la clase elite del país, está dirigiendo su mensaje nativista y populista a la capa menos educada y más pobre de los estadounidenses. Esta es la capa más afectada con la acumulación de la riqueza en pocas manos y por consecuencia están estancados en trabajos mal pagados.

Pero en vez de analizar bien las cosas, Trump promete a esta clase de votantes regresarlos a un pasado glorioso y próspero (cuando América era grande, dice Trump) en donde no hay ninguna competencia de parte de los inmigrantes.

Sin duda Trump, cuya única experiencia es en la construcción de hoteles, casinos y campos de golf, sabe bien qué tornillos apretar para que su mensaje le brinde la atención de los medios. Desde que Trump era un joven de 18 años y presenció la dedicación del puente Verrazano-Narrows en 1964 en Nueva York  y los dignatarios olvidaron  mencionar el nombre del ingeniero Othar Ammann, quien construyo el puente, Trump ha estado fascinado en poner su nombre en cada cosa que construye.

Por eso, es obvio, que en el mundo de Trump solo vive una persona: Trump mismo.

En este país siempre han surgido figuras populistas y nativistas que de una forma u otra han querido canalizar el descontento de un segmento de la población para usarlo y elevarse ellos mismos como redentores. Huey Long, de Luisiana,  viene a la mente.

Pero al final, la sensatez y buenos principios del resto del país han puesto a estos populistas en su lugar sin que el país se desviara de su corriente democrática y tolerante ante todos sus ciudadanos, sean ellos inmigrantes o no.

Me imagino que Trump, por igual, tendrá que, tarde o temprano, aprender esta lección de la historia.