Oaxaqueña dedica 72 años de su vida al barro negro

Conoce la historia de Enriqueta López, que a sus 80 años no piensa retirarse del negocio
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Oaxaqueña dedica 72 años de su vida al barro negro
Enriqueta López con su hijo Pablo Simón.

MÉXICO – Aún con 80 años, Enriqueta López no piensa dejar de hacer el trabajo en el que se encuentra en este momento con la manos batidas, el cuerpo encorvado, el rostro sudado para dar forma a jarrones, platos, lámparas y ollas de barro negro.

“Cuando dejo de trabajar me pongo triste”, dice mientras da algunos golpecitos con los dedos a una masa amorfa que será en breve un jarrón.  “Gracias al barro mi esposo y yo criamos a ocho hijos, les dimos escuela y yo he sido una mujer libre porque nadie ha tenido que mantenerme ni antes ni ahora porque con el dinero que gano me alcanza para comer, comprarme ropa e irme de paseo”.

Enriqueta ha dedicado 72 años de su vida a manipular esta arcilla que al cocerse a altas temperaturas  adquiere la peculiar coloración oscura que ha dado fama internacional a miles de artesanos oaxaqueños desde los años 60 del siglo pasado cuando turistas hippies, atraídos por las historias de la indígena María Sabina y sus hongos alucinógenos, se interesaron también por las artesanías del estado.

En el taller que es parte de la casa familiar se observan varios jarrones ya cocidos y listos para enviarlos a un cliente. Enriqueta y su hijo Pablo Simón, de 55 años, sólo trabajan bajo peticiones concretas.

Pablo se acerca para mostrar la diferencia de estilos de trabajo que hay entre madre e hijo que ha heredado el negocio. Carga un cubo de madera donde vierte el barro diluido con agua para dar forma a una olla alargada.

  • Hummm… ¡Ahí vienes con eso!- dice Enriqueta con cierto desdén. Ella prefiere dar forma a los objetos con sus propias manos, pero su hijo es de la escuela del molde.
  • Es más rápido, mamá. Con las manos, hacemos cinco o seis en un día; con el molde,  15 y el cliente no valora si tardaste más o menos tiempo pero el acabado sí es a mano.

Después de hacer la aclaración, Pablo llama a su esposa Cecilia Sánchez, a quien conoció en una tienda de artesanías en la capital oaxaqueaña donde ambos trabajaban hasta que se enamoraron e hicieron equipo de vida y siguieron los pasos de Enriqueta.

Cecilia se acerca para decorar el jarrón que acaba de moldear su suegra. Corta pedazo a pedazo el barro con puntas de lapiceros, tapones de botellas plásticas, esmeriles… “¡Ven, te voy a mostrar como se hace!, dice a un curioso turista que entró al taller recomendado por una pobladora de la región.

Cecilia, nuera de la familia, muestra a un turista la técnica de elaboración de barro negro.
Cecilia, nuera de la familia, muestra a un turista la técnica de elaboración de barro negro.

Mientras tanto, Enriqueta se sumerge en sus pensamientos con otro pedazo de barro en la mano con el que hará un plato pequeño. Recuerda que era 1985 cuando el secretario de Gobernación, Manuel Barttlet, invitó a artesanos  oaxaqueños a llevar sus productos a vender a Polanco, la zona más rica de la Ciudad de México.

Envió la invitación con una dirigente de la Comisión Nacional Campesina (CNC). “Empaque, Doña Enriqueta”, le dijo y siguió su camino con la misma encomienda a los tlayuderos (los que elaboran las tortillas grandes), moleros, tapeteros, grilleros… hasta que llenaron dos camiones para montar una de las primeras ferias oaxaqueñas que conquistaron a la capital mexicana.

Enriqueta vendió todo. No podía creerlo, !1500 piezas!, floreros, platos, esferas, jarras, jarrones, vasitos… “¿Cómo les fue a mis artesanos?”, preguntó Barttlet en un encuentro para despedirlos y  que quizá el político, pero no Enriqueta, quien regresó a su pueblo más independiente que nunca.

En ese tiempo se tomó sus mezcales. Ahora no toma. Dejó de beber en enero pasado durante el novenario de misas en honor a la Virgen del Barro. En el pueblo se acostumbra llamar a las señoras  para rezar y armar la fiesta con cerveza y mezcal. Enriqueta veía una copa y ¡órale! y otra ¡órale!

No se dio cuenta de su malestar hasta que regresó a las 10:00 de la noche a casa. Se acostó y la cabeza y el estómago comenzaron a darle vueltas. Tuvo retortijones y golpes bajos durante horas hasta que salió al mercado a conseguir té amargo y té de milpa. “Ahí le paré, todavía quiero vivir otros años”, resume.

 

Pablo Simón carga uno de los pedidos que entregará en breve a uno de sus clientes.
Pablo Simón carga uno de los pedidos que entregará en breve a uno de sus clientes.

Son las cuatro de la tarde y ya es  hora de la comida. Cecilia ha preparado unos chiles grandes y secos rellenos de picadillo que son la especialidad de la casa. Pablo Simón ha terminado la cocción de una tanda de jarroncitos y los ha colocado en la carretilla con tanto cariño como cuando era niño y, desnudo, chapoteaba en el barro. “Me tomaron tantas fotos los gringos con la cara llena de fango”, recuerda. “Y yo me dejaba porque me daban un dólar: el barro siempre nos ha dado de comer”

Ultimamente ha ido bien el negocio después de una muy mala racha derivada de las múltiples protestas sociales en Oaxaca: en 2006 contra el gobernador Ulises Ruiz; en 2012, contra la Reforma Educativa. El caso es que asustaron al turismo y los artesanos pagaron la factura hasta más o menos el año pasado. “Ya está mejor: ahora hasta nos piden azulejos y lámparas decorar baños y hoteles en Cancún”.

  • Ya vamos a comer hijo- interrumpe Enriqueta que ya se encamina hacia una larga mesa de madera donde todos son invitados. ¡Bienvenidos a la tierra del barro!, dice Enriqueta con una tortilla en mano que muerde con gusto.