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Editorial: Trump en Puerto Rico

Puerto Rico necesitaba la visita de un presidente, en cambio recibió a un turista

El Presidente hizo todo en su viaje a Puerto Rico para demostrar que tenía razón, que la crisis después del huracán María no era importante. Su viaje no fue para ayudar, sino para demostrar por qué el desastre no merecía su atención.

Un estimado inicial y conservador pone en US$60 mil millones de dólares el costo del daño producido por el huracán. La gran mayoría de los 3,4 millones de ciudadanos estadounidenses no tiene electricidad, falta agua, comida, y hay áreas todavía aisladas. No habrá escuela por mucha semanas y pasarán años para recuperar la infraestructura.

No sabemos si la negación del grave problema es una estrategia política racista -porque las víctimas son latinas- o simplemente la desconexión con la realidad del mandatario. El resultado es igual de ofensivo.

Hubo momentos extraños, inverosímiles, para lo que debió ser una visita simple. Había que demostrar interés, comprensión y solidaridad ante la difícil situación. Pero fue incapaz de hacerlo.

Trump llevó ante este panorama un pobre espectáculo narcisista. El mensaje fue todo está bien porque hacemos una gran labor, la cual me agradecen mucho.

Para los medios Trump dio a entender durante una mesa redonda que lo ocurrido en Puerto Rico “no era una catástrofe real” como fue la del huracán Katrina, porque ahora no hubo suficiente muertos.

Hizo una broma de pésimo gusto al decir que Puerto Rico estaba desbaratando el presupuesto federal.

Alabó a los integrantes de su gabinete que lo acompañaron y felicitó por la gran labor a los efectivos gubernamentales. Se refirió a las autoridades locales sólo para recordar cuán agradecidos estaban con él, además de pedir a la delegada de Puerto Rico que repita los “lindos” comentarios que le hizo en privado.

Visitó el vecindario más pudiente, Guaynabo, de la capital puertorriqueña. Allí, en un centro de ayuda, el presidente tiró alegremente toallas de papel a la gente reunida como si fuera a un aro de basquetbol.

Trump, al entregar una linterna, dijo que ya no era necesaria, ignorando que el 90% de la población está sin luz. A un damnificado le deseó “que lo pasen bien” como se dice a alguien que está de vacaciones.

A su regreso dijo: “Creo que fue un gran día. Escuchamos solo ‘gracias’ de la gente de Puerto Rico. Una gran, gran visita. Un día muy lindo (a lovely day).”

Puerto Rico necesitaba la visita de un presidente, en cambio recibió a un turista.

Alguien que llegó para tomarse fotos, escuchar solo que los nativos están agradecidos y contentos con su presencia, para jugar como un niño con una pelota y visitar un municipio de lujo de Puerto Rico. No sea que se arruine el momento viendo realmente los problemas.

Ahora no son los vientos de Maria los que causan daño. Es la humillación del desprecio presidencial ante las dificultades.

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