Tenme paciencia por favor…

Admiro a los maestros quienes con su paciencia van llevando al niño a través de las letras hasta que logran formar palabras y leerlas.

Somos pacientes con los niños, no tanto con las personas mayores. Debemos suponer que la gente ‘grande’ ya lo sabe todo y punto.
Creo que cuando trabajamos o enseñamos a un adulto ‘grande’ además de paciencia deberíamos recordar la compasión, porque hacia allá vamos todos.
Ayer hablaba con un abogado muy reconocido, quien debió retirarse hace años pero ama lo que hace y sus clientes, ‘grandes’ como él, lo siguen contratando a pesar de que ya pasa los 80.
No usa computadora y con una caligrafía impecable escribe todo lo que se necesita. Lo observaba sonriente y sereno y con lo que me quedaba de paciencia me puse en sus zapatos.
Recordé lo que sufrí cuando llegué a este país tratando de aprender la nueva tecnología. La gente no perdía tiempo hablando y las órdenes se daban vía email. Entre mi mal inglés y mi poca destreza con las computadoras muchos pensaban que era tonta, así que por obligación o por compasión me ayudaron, me costó mucho pero aprendí, lo sigo haciendo.
Observando al abogado admiré su buena voluntad para servir. Claro, necesité tomarme despacito el té que me ofreció para tranquilizarme y no llorar cuando por tercera vez me hizo la misma pregunta. Después de dos horas salí de su oficina sin el documento pero en paz. Fue un tiempo para reflexionar y recordar que tener paciencia es una virtud y la compasión que la acompaña nos hace mejores.
Amigos, a veces es bueno bajar el ritmo, respirar profundo para sentir la vida, y cuando tratemos con gente ‘grande’ recordemos que ir despacio es de sabios, no de tontos.

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