El Mundial: el negocio que mueve al planeta

La FIFA espera ganar más de $13,000 millones con el Mundial 2026, pero la inversión más extraordinaria es la que une a millones de personas al gozar el fútbol

Un fan sostiene una réplica de la Copa del Mundo de la FIFA durante un partido del Mundial 2026.

Un fan sostiene una réplica de la Copa del Mundo de la FIFA durante un partido del Mundial 2026. Crédito: AP

Más de $13,000 millones de dólares. Ese es el ingreso que la FIFA espera generar con la Copa Mundial de 2026. Es una cifra superior al producto interno bruto anual de algunos países y suficiente para recordar que el torneo deportivo más importante del mundo también es una de las industrias del entretenimiento más rentables del planeta.

Esa realidad siempre me ha fascinado. Como muchos latinoamericanos, crecí respirando fútbol. En mi casa era imposible escapar del tema: mi padre fue jugador profesional, director técnico y dirigente de un club, mientras estudiaba en la universidad, así que las conversaciones sobre partidos, tácticas y jugadores eran parte del menú de todos los días. Mi abuela, mis tíos… todos tenían una opinión que compartir.

Con semejante ambiente, algo de fútbol tenía que aprender. Lo único que nunca heredé fue el talento para jugar. Aprendí, sin embargo, que un balón puede convertir cualquier calle en un estadio y que un gol tiene el extraño poder de hacer que completos desconocidos se abracen como viejos amigos.

Hoy sigo disfrutando del fútbol, pero lo observo con otros ojos. Como economista, además del partido que se juega en la cancha, me apasiona el que ocurre detrás de ella: el de las finanzas, los patrocinios, los derechos de transmisión y los miles de millones de dólares que hacen del fútbol el negocio deportivo más grande del planeta.

¿Cómo gana dinero la FIFA?

El modelo de negocio de la FIFA es sorprendentemente sencillo: no vende partidos, vende audiencias.

Cada cuatro años concentra la atención de miles de millones de personas, y ese activo tiene un enorme valor económico.

Para el Mundial de 2026, los ingresos provendrán principalmente de cuatro fuentes:

  • Derechos de transmisión: cerca de $3,900 millones de dólares.
  • Venta de boletos y hospitalidad: aproximadamente $3,000 millones.
  • Patrocinios comerciales: alrededor de $2,800 millones.
  • Licencias, mercadotecnia y otros ingresos comerciales que completan el total proyectado de más de $13,000 millones de dólares.

La FIFA entendió hace tiempo que el verdadero producto no es el fútbol, sino la atención de la audiencia mundial. En una época donde el entretenimiento está fragmentado entre cientos de plataformas digitales, pocos eventos logran reunir simultáneamente a tantos espectadores como una final de la Copa del Mundo.

¿Quién gana realmente?

Existe la idea de que organizar un Mundial es siempre un excelente negocio para el país anfitrión. La evidencia económica cuenta una historia más matizada.

Los principales beneficiarios suelen ser la propia FIFA, las cadenas internacionales de televisión, los patrocinadores globales y muchas empresas relacionadas con el turismo, la hotelería, el transporte y el entretenimiento.

Las ciudades sede reciben millones de visitantes y una enorme visibilidad internacional, pero también deben asumir costos importantes en seguridad, movilidad, tecnología, logística y operación. El resultado económico depende en gran medida de cuánto puedan aprovechar la infraestructura existente y del legado que permanezca después del último partido.

En ese sentido, el Mundial de 2026 representa un caso distinto. Estados Unidos, México y Canadá ya disponían de la mayoría de los estadios y la infraestructura necesaria, lo que reduce significativamente el riesgo de construir costosos “elefantes blancos” que luego quedan sin uso.

La gran paradoja

Hay, sin embargo, una contradicción que merece reflexión.

El fútbol probablemente sea el deporte más democrático del mundo. Basta un balón, o cualquier objeto que se le parezca, para jugar. No distingue idiomas, religiones ni niveles de ingreso.

Pero asistir a un Mundial es cada vez menos democrático.

Entre boletos, vuelos, hoteles y alimentación, vivir el torneo desde las tribunas puede representar un gasto de varios miles de dólares. Para millones de aficionados, el evento que más une al planeta resulta económicamente inalcanzable.

Es una paradoja interesante: el deporte más universal se ha convertido, al menos como espectáculo presencial, en uno de los más exclusivos.

Mucho más que dinero

Y, sin embargo, reducir el Mundial a sus cifras sería perder de vista lo más importante.

Cada cuatro años ocurre algo extraordinario. Familias enteras se reúnen frente a un televisor. Personas de culturas completamente distintas celebran el mismo gol. Durante unas semanas, el planeta comparte conversaciones, emociones, alegrías y frustraciones alrededor de un mismo juego.

Los economistas hablamos con frecuencia de capital financiero, capital humano o capital físico. Y el Mundial produce otro tipo de riqueza menos visible: capital social.

Ese activo intangible fortalece vínculos, genera identidad, construye recuerdos compartidos y nos recuerda que todavía existen experiencias capaces de unir a la humanidad por encima de sus diferencias.

Como economista, seguiré admirando la extraordinaria maquinaria financiera que la FIFA ha construido. Como aficionado, seguiré creyendo que el mayor valor del fútbol no aparece en ningún estado financiero.

Porque los miles de millones de dólares explican cómo funciona el Mundial.

Pero nunca podrán explicar por qué un gol en el minuto 90 puede hacer que personas de todos los continentes, que nunca se han visto y probablemente nunca se conocerán, celebren exactamente el mismo instante.

Y quizá esa sea la inversión más extraordinaria del fútbol: no la que genera dividendos, sino la que nos recuerda que, al menos por noventa minutos, seguimos siendo ciudadanos de un mismo mundo.

Ramiro J. Atristaín-Carrión es economista, asesor financiero y profesor.

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