Cuando subir las tasas de interés puede alimentar la inflación
Aunque tasas elevadas reducen la demanda, también pueden frenar las inversiones necesarias para aumentar la oferta bienes y servicios
Las tasas de interés tienen poderosos efectos en la economía. Crédito: Shutterstock
La paradoja de las tasas altas: ¿el remedio contra la inflación puede alimentar el problema?
El gobierno de Estados Unidos paga más de un billón de dólares al año en intereses. Lo curioso es que ese dinero, que representa una enorme carga para las finanzas públicas, también se convierte en ingresos para millones de inversionistas. ¿Puede una misma política económica pisar el freno y el acelerador al mismo tiempo?
El gobierno paga más de un billón de dólares en intereses
Cuando las tasas de interés estaban cerca de cero, financiar la deuda pública era relativamente barato. Pero esos tiempos quedaron atrás.
Según datos del Bureau of Economic Analysis publicados por la Reserva Federal de St. Louis, los pagos de intereses del gobierno federal alcanzaron una tasa anualizada de aproximadamente $1.25 billones de dólares en el segundo trimestre de 2026.
¿Quién recibe ese dinero? Los propietarios de bonos del Tesoro: fondos de pensiones, bancos, aseguradoras, fondos de inversión, inversionistas particulares y extranjeros.
Pensemos en un ejemplo sencillo. Una inversión de un millón de dólares que rinde 1% genera $10,000 dólares anuales. Si el rendimiento sube a 5%, produce $50,000 dólares.
Para el inversionista, ¡excelente! Para el gobierno, significa pagar más. Y aquí comienza la paradoja: el gasto público en intereses se convierte en ingreso para el sector privado.
El freno y el acelerador funcionan al mismo tiempo
Las tasas altas encarecen las tarjetas de crédito, las hipotecas, los préstamos empresariales y la compra de automóviles. Las empresas posponen inversiones y algunas familias aplazan la compra de una vivienda. Todo esto enfría la demanda y ayuda a combatir la inflación.
Pero hay otro lado de la historia: los ahorradores y propietarios de activos financieros reciben mayores ingresos por intereses.
El Banco de Pagos Internacionales (BIS) identifica este fenómeno como el interest-income channel, o canal de ingresos por intereses. Cuando aumentan los pagos del gobierno a los tenedores de deuda, esos ingresos pueden sostener el consumo y contrarrestar parcialmente el efecto restrictivo de las tasas, especialmente si no se compensan con mayores impuestos o menores gastos públicos.
Esto no significa que subir las tasas necesariamente provoque inflación. Significa que, en una economía muy endeudada, la misma política monetaria puede frenar el gasto de unos mientras aumenta los ingresos de otros.
No todos ganan por igual
Imaginemos dos familias.
La primera tiene una hipoteca, un préstamo para el automóvil y $8,000 en tarjetas de crédito. La segunda tiene la casa pagada y $2 millones de dólares invertidos en bonos del Tesoro, fondos monetarios y certificados de depósito.
Cuando suben las tasas, la primera enfrenta mayores costos financieros, mientras que la segunda puede recibir más ingresos por sus ahorros.
La política monetaria puede así redistribuir ingresos desde los deudores hacia los ahorradores y propietarios de capital.
Las consecuencias van más allá de las finanzas personales. Una pequeña empresa puede cancelar su expansión porque el crédito es demasiado caro. Un constructor puede abandonar un proyecto de vivienda. Un municipio puede descubrir que financiar infraestructura cuesta mucho más.
Además, una empresa grande suele tener más alternativas para obtener capital que un pequeño negocio, que depende frecuentemente de un banco o una línea de crédito. Por eso, las tasas altas pueden sentirse de manera muy diferente en Main Street que en Wall Street.
Y existe otra paradoja: aunque las tasas elevadas reducen la demanda, también pueden frenar las inversiones necesarias para aumentar la oferta de viviendas, bienes y servicios.
El tema que nadie quiere tocar (o como dicen en inglés el elefante en medio de la sala): la deuda pública
La Reserva Federal señaló en julio de 2026 que el déficit federal se mantenía alrededor del 6% del PIB. Pero hay que distinguir dos conceptos: el déficit no equivale al gasto en intereses.
La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) proyecta que los intereses netos representarán aproximadamente el 3.3% del PIB en 2027 y podrían alcanzar el 4.6% en 2036, bajo sus supuestos actuales.
Para pagar los intereses, el gobierno debe recaudar impuestos, reducir otros gastos o emitir más deuda. Además, cuando vencen bonos emitidos a tasas muy bajas, refinanciarlos a tasas más altas incrementa el costo.
Japón ofrece una lección interesante: aunque su deuda pública en relación con el PIB supera ampliamente la estadounidense, sus costos de intereses han sido históricamente menores, entre otros factores, por sus bajas tasas y la estructura de sus vencimientos.
No basta con preguntar cuánto debe un país; también importa cuánto le cuesta esa deuda y con qué frecuencia necesita refinanciarla.
¿Y qué tiene que ver el oro?
En un entorno de creciente deuda e incertidumbre geopolítica, los bancos centrales están diversificando sus reservas.
Según el World Gold Council, compraron aproximadamente 863 toneladas netas de oro en 2025. En el segundo trimestre de 2026, las compras netas alcanzaron unas 289 toneladas. Además, una encuesta de 2026 encontró que el 89% de los administradores de reservas consultados esperaba que las reservas globales de oro de los bancos centrales aumentaran durante los siguientes doce meses.
Esto no demuestra que el mundo vaya a abandonar el dólar ni que regresemos al patrón oro. Sin embargo, refleja una búsqueda de diversificación.
La particularidad del oro es que no es la deuda de nadie. Un bono del Tesoro es un activo para su propietario, pero una obligación para el gobierno estadounidense. El oro, en cambio, no depende de que otro emisor cumpla una promesa de pago.
¿Qué significa todo esto para nosotros?
El mensaje no es que debamos comprar oro ni que las tasas necesariamente tengan que bajar. Es que estamos entrando en una economía donde el dinero ya no es tan barato y donde el costo de la deuda tiene consecuencias cada vez mayores.
Lo vemos en las hipotecas, los préstamos empresariales, los presupuestos públicos, los fondos de pensiones y las decisiones de inversión.
La pregunta ya no es solamente: ¿qué tan altas deben ser las tasas para controlar la inflación?
También debemos preguntarnos: ¿qué ocurre cuando el gobierno paga tanto por esas tasas que parte del remedio comienza a contrarrestar sus propios efectos?
Esa es la paradoja de las tasas altas. Y comprenderla puede ser mucho más útil que intentar adivinar cuál será la próxima decisión de la Reserva Federal.
– Ramiro J. Atristaín-Carrión es economista, asesor financiero y profesor.